domingo, 26 de mayo de 2013

La historia del final felíz


El momento cumbre. Robben grita con el alma el gol del título. Era su revancha.




11 de julio de 2010. En Johannesburgo, se disputa la final del Mundial de Sudáfrica entre España y Holanda. Ambos buscan su primera estrella. Con el partido empatado, Arjen Robben tiene su instante de gloria pero lo desperdicia. Aquella carrera de 30 metros con el balón dominado y con Casillas casi vencido será difícil de olvidar. En el minuto 61, Iker pone el pie para darle vida a su Selección y para envejecer al holandés, que no podrá conciliar el sueño durante largas noches. Su imagen llevándose las manos a la cabeza dará la vuelta al mundo, como la del posterior gol de Iniesta dos minutos antes del final. Sólo su almohada sería testigo de las noches de desvelo por aquel instante fatídico.

19 de mayo de 2012. En Múnich, otra final se presenta en la vida de Robben, esta vez de local, con la camiseta del Bayern y la Champions League en juego. Enfrente está el Chelsea de Di Matteo y Drogbá. Alrededor, setenta mil hinchas que adornan de rojo las gradas del Allianz Arena para ver ganar a su club la quinta Copa de Europa de su historia. El partido está 1 a 1 y la tanda de penales, a la vuelta de la esquina. En la prórroga, el delantero marfileño, que había empatado el gol inicial de Müller faltando siete minutos, comete involuntariamente un penal evitable en su afán de defender, como lo hizo su equipo a lo largo de toda la cita. Una vez más, el extremo zurdo frente a una situación límite. Era su revancha, pero el disparo, anunciado, es detenido por Peter Cech, un especialista en la materia. Nuevamente, las manos buscan su cabeza, y más tarde, sus lágrimas de decepción tras ver cómo se esfuma otro título.
25 de mayo de 2013. En Londres, Robben participa de su cuarta final en tres años, la tercera de Champions, tras perder la mencionada frente al Chelsea y en 2010 ante el Inter de Mourinho en el Bernabéu. La camiseta número 10 del Bayern de Heynckes todavía continúa siendo de su propiedad. En esta ocasión, es parte de un engranaje temible. Viene de eliminar al Barcelona de Messi con un global de 7-0, anotando un gol en la ida y otro en la vuelta. Éste parece ser su año, ésta parece ser la vencida.
Enfrente, un Borussia con los dientes afilados, del cual habla toda Europa, rival cercano con el que se disputan la hegemonía nacional y ahora, la continental. Robben comienza atado a una banda, la del perfil cambiado, donde más rinde y uno de los sectores del campo donde el Dortmund se esmera en no ceder espacios gracias a una presión sofocante durante la primera media hora. Pero de a poco, el Bayern empieza a equilibrar el trámite y a transformar sus amenazas en peligro hasta el punto de convertir a los dos arqueros en figuras indiscutidas.
Con el duelo emparejado por dominio y ocasiones, Robben comienza a aparecer como receptor de balones largos que sortean la valiente estrategia de Klopp. Y en cuestión de minutos, ve la luz. Primero, tras una asistencia de Müller que lo encuentra sin marcas, en su posición preferida, con la chance de definir al palo largo abriendo su pie izquierdo. Más tarde, con un pelotazo al espacio que explota con su velocidad indescifrable. En ambas ocasiones, Weidenfeller agiganta su figura para ahogar el grito de los muniqueses y para hurgar en la herida del jugador tulipán. A esa altura, su falta de acierto es furor en las redes sociales. Pero esta vez, sus manos no se lamentan, casi como presintiendo de que algo grande está por llegar.
Con un alto protagonismo en el partido, distante de su carencia en la definición, participa cada vez con mayor frecuencia en los ataques de su equipo. Resulta clave en el 1-0, combinando magistralmente con Ribery, su mejor aliado, y casualmente, desbordando por la banda izquierda, su perfil hábil y el menos habitual. El rápido empate de Gündogan amaga con traumatizarlo, pero finalmente acaba actuando como grupo soporte de su mejor show.
A falta de dos minutos para la conclusión, el tren de Robben vuelve a pasar y él, como siempre, espera en el andén. Una serie de dudas de la defensa del Dortmund le permite colarse por el centro para quedar cara a cara con el arquero alemán por tercera vez en la noche. Tiene que ser la vencida. Define con un toque suave, como si nunca hubiese vivido una situación similar.
La imagen de sus manos a la cabeza ya forma parte del pasado. Cuando la pelota inició su camino a la red, hablaron sus ojos, desorbitados, desencajados, exultantes. Era una mirada que no veía nada pero que decía todo. Era una ceguera engañosa, momentánea e inevitable con un destino que se encontraba, al fin, con la deseada gloria. Con su gol agónico y merecido, Arjen Robben vivió en Wembley uno de esos momentos que sólo el fútbol puede ofrecer. La historia del final felíz había llegado, como era de esperar, sin aviso previo, como suelen hacerlo los sucesos que quedan grabados para siempre.  



1 comentario:

  1. Tu nota parece ser un guión cinematográfico y así lo ví, como una película, como si hubiera sido espectador en todos los momentos que relataste.
    Muy bueno lo tuyo!!!
    Felicitaciones!!

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