martes, 2 de julio de 2013

La otra samba


Paulinho y Neymar, las dos caras del Brasil de Scolari, flamante campeón de la Copa Confederaciones.



La definición de la Copa Confederaciones dejó flotando en el ambiente sensaciones dispares entre los finalistas, que lejos de ser decisivas pueden acabar siendo influyentes en un futuro inmediato, sobre todo de cara al Mundial del año que viene. Mientras Brasil dio un golpe rotundo en la mesa y potenció su candidatura con argumentos más allá de lo estrictamente geográfico, España acabó desconocida después de un prometedor comienzo de competición y ahora se encuentra obligada a recuperarse de un revés inesperado, que lo invita, en determinadas situaciones, a buscar alternativas para esquivar las trampas que le proponen sus rivales, ya conocedores de su exquisito juego.

Luiz Felipe Scolari, desde su llegada, se propuso devolverle el instinto de superioridad histórica a un seleccionado que, desde hace un tiempo, parecía amnésico a la hora de competir. Lo consiguió asignando una mayor solidez defensiva como base del funcionamiento colectivo con respecto a etapas anteriores. Con el 2014 a la vuelta de la esquina, Felipao tomó el atajo en busca de un rendimiento competitivo máximo y logró recuperar la jerarquía emocional del jugador brasileño. En el campo, plantó un doble pivote dotado de intensidad y descartó a talentos como Ronaldinho, el crack que lo llevó a la cima del mundo en el 2002 y que sigue regalando magia pero que parece transitar a una marcha menos para lo que pretende el entrenador. Y con el reciente título se presenta lejana la posibilidad que varíe su guión. La consigna parece estar clara: una presión alta en campo rival como primer paso y la dupla Neymar-Fred para finalizar de manera electrizante el trabajo del conjunto.
Evidentemente, un equipo que tiene a Neymar provoca inevitables pasajes de brillo, sobre todo teniendo en cuenta la madurez que la estrella le agregó a su habilidad innata en este último tiempo. Pero el ex del Santos produce un encandilamiento individual, surgido de la luz que atesora por su talento natural. No obstante, la esencia de este Brasil muestra su origen a partir del papel que interpretan sus mediocentros, sobre todo Paulinho, transformado en la revelación del torneo y, como bien relata el periodista Diego Huerta, en una agradable novedad para el mundo del fútbol. El del Tottenham dispone de una tremenda capacidad para abarcar espacios y una notable facilidad para llegar a posiciones de gol. Él es quien indica cuándo presionar y de qué manera hacerlo. Como bien describió el prestigioso colega Axel Torres antes de la final, es un Brasil más de Paulinho que de Neymar, al margen de todo lo bueno y espectacular que aporta el flamante fichaje del FC Barcelona en los metros finales.
En la noche del Maracaná, una España atormentada fue testigo de la presión asfixiante que supo llevar a cabo Brasil. No sólo lo superó desde el minuto 1 al 90 sino que lo redujo a la máxima expresión hasta doblegarlo por completo. El conjunto de Del Bosque recordó al Barça de final de temporada, aquel que por momentos deambulaba sin rumbo fijo y daba una enorme sensación de vulnerabilidad. Este panorama se originó debido al pressing de Brasil, que obligó a España a practicar su juego de toque a una máxima velocidad y precisión. Para contrarrestar dicha presión resultaba indispensable que el nivel rozara la perfección. De lo contrario, se tornaría inevitable caer en el terreno de la descompensación tras la pérdida del balón, como sucedió en incontables situaciones.
Claro que también existieron otros factores, además del futbolístico, que derivaron en el categórico 3 a 0: el primer gol al minuto de juego, el golpe psicológico que significó el segundo tanto justo sobre el final de la primera parte y el tercero, el del KO, al comienzo del complemento. Pero esto también juega y, por lo tanto, habla del oportunismo que tuvo el Scratch para decidir la historia a su favor.
Frente a este escenario, el penal fallado por Sergio Ramos con el encuentro sentenciado quedó como nota color y la numerosa cantidad de faltas a las que recurrió Brasil para neutralizar el juego asociado de España acabaron siendo de carácter decorativo dado el claro dominio que demostraron los locales. Esto último significó un motivo de indignación para muchos por ver desfavorecido el espectáculo, pero el árbol no debería tapar el bosque: las “faltas tácticas” se dieron en un contexto de notorio sometimiento brasileño y no como método para variar el curso del partido.
En definitiva, España jamás dejó la sensación de poder meterse en el encuentro y las escasas ocasiones que tuvo se produjeron en su mayoría con el trámite definido. Más allá de esto, resultaría tan injusto sentenciar desde afuera a un grupo de jugadores que supo reinar en los últimos cinco años con un estilo inolvidable como también se presenta necesario desde adentro elaborar una reflexión en busca de variantes que ofrezcan soluciones inmediatas al bajo rendimiento de piezas clave en la filosofía del equipo.
Por su parte, Brasil celebró un nuevo título pero, esencialmente, el regreso a la senda de la competitividad, reflejada en la superioridad de su juego pero también de su estado emocional. Quizás signifique el punto de partida para volver a ser el que alguna vez fue, aunque esta vez sea con la otra samba. El Mundial de su país, competición favorita de la casa, dictará sentencia.


1 comentario:

  1. Bien le hizo a Brasil, como vos decís volver "a la senda de la competitividad", sobre todo en este momento que socialmente están pasando por un muy mal momento. Muy buena nota!!

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