martes, 27 de marzo de 2012

El sentido del enganche



Juan Román Riquelme, en una de sus mejores noches como futbolista. En el 2000, en Tokio, sobresalió en la final que Boca venció al Real Madrid logrando la Copa Intercontinental.



En la columna anterior nos dedicamos a descubrir la diferencia entre ´jugar bien` y ´jugar bonito`, en esa delgada línea que existe entre superar al rival y, además de lograrlo, conseguir enamorar al hincha. Hoy los invito a analizar el, probablemente, factor más demostrativo que puede ayudar a elevar el volumen de juego de un equipo: el sentido del enganche. Esta especie en peligro de extinción sobrevive, a base de talento, de los rígidos sistemas tácticos que escogen caminos antagónicos a los que izan la bandera del último pase.

Vayamos por partes. Muchas veces, seguramente, habremos sentido nombrar este término bien futbolero. Pero, ¿qué es el enganche? Por un lado, es la denominación posicional del jugador que ocupa la línea de tres cuartos de campo, entre los centrocampistas y los delanteros y, a su vez, es dueño de una total libertad de movimientos. Por otra parte, es la derivación táctica del antiguo número 10, aquel que jugaba del medio recostado hacia la izquierda y generaba el juego desde ese sector. Por último, suele personificarse en el futbolista con mayor talento de un equipo, el ´distinto`. 
En la década de los 80 en Argentina, en cada formación había uno. Y sin fecha de caducidad, ya que quienes serían "bichos raros" en el fútbol actual, permanecían durante años vistiendo la camiseta de su club, ajenos a este enfermizo mercado de pases que necesita apenas de un puñado de buenos partidos de un jugador para moverse y generar dinero. Los Bochini, los Beto Alonso, los Mario Zanabria o los Carlos Babington, por citar algunos, eran los encargados de ejercer un liderazgo en el juego que partía de la pierna hábil (mayoritariamente la zurda) para abastecer a sus compañeros, quienes agradecían tenerlos a su lado.
A medida que la parcela táctica fue predominando en el fútbol contemporáneo y las disposiciones fueron variando en busca de readaptar las funciones del jugador, estos seres de talento innato fueron perdiendo protagonismo, pero no importancia, porque a igualdad de condiciones todavía predomina la calidad.
Intentando encontrar ejemplos que ayuden a comprender aún mejor esta cuestión, surge casi naturalmente el nombre de Juan Román Riquelme, para muchos el último diez. Sin dudas, la muestra más definida de lo que representa un enganche.
Con Román en escena, les propongo desmenuzar detalladamente este tema ya que, a mi criterio y permítanme el atrevimiento, el de Boca posee el rótulo de mejor jugador argentino en esa demarcación.
En primer lugar, porque interpreta el juego como nadie. ¿Qué quiere decir esto? Evidentemente, que siempre acaba eligiendo la mejor opción. En su afán de encontrarse libre, sin marca, con la tosuda intención de escapar de su perseguidor más cercano, busca deliberadamente su hábitat natural para hacer la diferencia. ¿Dónde, cómo? Ocupando los espacios vacíos, sabiendo que sus compañeros, fieles cómplices, lo seleccionarán rápidamente como la primera variante tras recuperar el balón. Y allí aparece su figura, en todo su esplendor, escogiendo el pase correcto, preciso, el que pide a gritos la jugada, esa asistencia perfecta al ras para que el delantero no pierda un tiempo en el control y defina como si estuviera en el patio de su casa.
Otra característica fundamental que poseen los tocados por la varita mágica consiste en la rapidez mental. Por la posición que ocupan, generalmente situados en zonas congestionadas por centrocampistas hambrientos por recuperar el balón, el enganche se ve obligado a anticiparse a la jugada imaginando el destino de la bola antes de recibirla. Y en este apartado, Riquelme es Usain Bolt, el mejor velocista del momento. Sus detractores le achacan lentitud en sus movimientos, pero su cerebro decide con la velocidad de la luz.
Muchos de los que no acostumbran a leer entre líneas, creen que la única misión del enganche pasa sólo por asistir a los delanteros, pero su labor es todavía más amplia. El hombre en cuestión, para dar el salto de calidad, además de actuar como enlace, tiene la obligación de pisar el área transformándose en un punta más. De lo contario, su rendimiento baja y su talento se diluye. Por citar otro ejemplo, el jugador de Racing Club, Giovanni Moreno, atesora una calidad innegable pero por estos días parece haber olvidado el papel que aportaba al equipo antes de su grave lesión ligamentaria (algunos dicen que no está totalmente recuperado), y no gravita al retrasarse demasiado hasta la zona media y visitando el área sólo de a ratos. Riquelme, en cambio, acude con frecuencia. El segundo gol de Boca a Lanús así lo demuestra: recibe, toca, acompaña, llega y define en la zona caliente. De luxe.
Si continuamos repasando la lista de enganches del resto de los equipos argentinos, encontraremos a jugadores dotados técnicamente, algunos desequilibrantes gracias a su gambeta y otros a su toque distinguido, pero difícilmente hallemos uno que reúna el fuego sagrado que conserva Riquelme. 
Diferente es la cultura del enganche en el continente europeo. De este lado del charco predomina el doble pivote, que actúa como base de la línea media de cuatro hombres que despliegan el 4-4-2 o, en su defecto, de la línea de dos que relevan a tres mediapuntas y un delantero en el sistema de moda, el 4-2-3-1. La distribución más cercana al enganche que se aprecia en España la lleva a cabo el Barça de Pep Guardiola cuando coloca a Leo Messi de falso 9, concediendo al astro argentino una libertad de movimientos que posibilitan que, en más de una ocasión, aproveche esa "zona de nadie" (entre los centrocampistas y los centrales rivales) pero no específicamente para elaborar, tarea que se gestiona metros más atrás, sino para acelerar.
Si pretendemos encontrar un futbolista del estilo similar al típico enganche sudamericano, hay que hilar fino y buscar en posiciones más retrasadas en donde genios de la elaboración como Xavi Hernández marcan el camino a seguir.
En ocasiones, los motivos que llevan a un entrenador a buscar alternativas en sus alineaciones responden justamente a la ausencia de uno de estos hombres en sus planteles. En otras, vemos técnicos que se resisten a jugar con enganche, apostando por un fútbol más directo, más vertical, con una rápida transición en la zona media y sin elaboración de las jugadas. Y también existen los que se deciden por un estilo de juego con el toque como carta de presentación, pero en el que, simplemente, Román no encaja. Le ocurrió una vez en aquel Barcelona del holandés Frank Rikjaard, que marcó el inicio de la base del que actualmente deslumbra al mundo, en donde se le pedía una marcha más. Claro que en su lugar llegó un tal Ronaldinho...
Aún así, lo que se intenta exponer no es que la figura de Riquelme resulta imprescindible. Bendito sea el fútbol que sabe escaparle al encasillamiento y responde a lo imprevisible. Prueba de ello, también el chileno Manuel Pellegrini merece todos los respetos al haber encontrado un buen funcionamiento cuando prescindió de él en el Villarreal, conformando un equipo que pasó a no depender de un sólo jugador, y Julio Falcioni, que descubrió circunstancialmente con Pochi Chávez un rendimiento en el Boca campeón que no se desvió del curso trazado luego de la lesión del diez.
Dicho esto, aquí lo que se quiere precisar es el cóktail que forman la interpretación, el criterio y el concepto del juego que representa Riquelme. Calzarse la 10 de Boca no es para cualquiera y él se convirtió en uno de los máximos exponentes en la historia del mismo club que idolatra y que tiene como referente a Diego Armando Maradona, con todo lo que ello implica.
Actualmente, si bien se encuentra algo mermado por las lesiones que lo persiguen, muestra una versión de liderazgo en el vestuario y de influencia en los resultados de los partidos incluso mayor a la época gloriosa que vivió con Carlos Bianchi.
Tras ver cada domingo el protagonismo que adquiere su papel en este Boca, definitivamente no me quedan dudas de que estamos ante uno de los mejores futbolistas de la historia del fútbol argentino en esa posición.
Juan Román Riquelme, el futbolista que mejor interpreta el papel de enganche, posee una mezcla de talento y carácter, ese que muchos le reclaman sin darse cuenta de que no lo tienen sólo los que van fuerte a una disputa, los que gritan o gesticulan, sino también aquellos que no se esconden y la piden siempre.
Juan Román Riquelme. Esa rebeldía de crack, el ímpetu por seguir vigente. Esa predisposición para cargar con la responsabilidad y sus ganas de lograr los objetivos fijados lo elevan a la cima de un fútbol argentino que todavía lo agradece.

2 comentarios:

  1. Me encanto muchisimo esta nota en particular, el enganche identifica mucho a nuestra selección y a los equipos nacionales en los últimos años como bien dijiste, y me quedo con una frase en especial de este análisis: "Bendito sea el fútbol que sabe escaparle al encasillamiento y responde a lo imprevisible". Éxitos amigo!! y muchas gracias por compartir tu visión del fútbol. Damian.

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